03

Virginia Woolf: Cuando un hombre ha alcanzado los treinta años, como ahora Orlando, el tiempo que dedica a pensar se le hace enormemente largo; el tiempo que dedica a obrar, enormemente breve.
   

* * *

Tanto tiempo, J., tanto qué. El mundo está detrás de una gran vidriera con un cartel de liquidación y vos te paseás como si nada por una calle ignota de San Luis. O no, quizá deambulás de noche por los pasillos del hotel y te demorás con cualquier cosa antes de regresar a la habitación; fumás dos cigarrillos, tomás una copa de vino, conversás con un alemán que estudiaba cine en Buenos Aires. Cualquier cosa, realmente. ¿De qué sirve todo eso, decime? La inercia de los días se mete en la ropa y cuando nos damos cuenta estamos listos. ¿Cómo es posible que no lo veas? ¿Cómo es posible que no estés aquí, al lado mío, escuchando la misma música, fumando el mismo cigarrillo, tomando el mismo vino? No lo entiendo, te juro que no lo entiendo. Será que nosotros también estamos un poco del otro lado. 3 cuotas sin interés con Visa y aquí me tiene, dígame lo que tengo que leer. La vida se repliega hasta la náusea. Todo es tan distante, tan miércoles por la mañana que dan ganas de vomitar. Adocenados en los subtes, en las calles, en los festivales de cine, en las ferias del libro, en los paseos turísticos, en los edificios, en los nichos. La vida gregaria, J. La noche de los museos y de las librerías. El juego de la vida, el juego de la muerte, el juego de la vida muerta. En una esquina de Villa del Parque, una señora redonda alimenta a unas tiernas bolas emplumadas que revolotean a su alrededor en el mismo momento que el tren se detiene bruscamente. El vecino del H llega de inmediato y recoge las partituras de su abuela, que han quedado desparramadas como hojas secas al costado de las vías. "Mozart", dice cuando me acerco a él. El tren atropelló a Mozart. A los pocos días, cuando la mujer de mi vecino sale a la calle, las palomas la siguen de un modo que seguramente apreciaría un lector de Cortázar. Adiós M., adiós frazada tendida ante la ventana del living, chau Mozart por la tarde y mate amargo. Lhasa canta en Montreal. Love came here. En un departamento de Córdoba, D. se desnuda y ya no sabe quién la mira, pero se esfuerza y trata de hacer coincidir los ojos que la ven con la cabeza de perro mojado del chico que tiene enfrente. Ese perro familiar, perdido para siempre. L. me envía un telegrama telefónico. Otra muerte. Si estuviéramos más cerca podríamos ir a caminar. Pero no estamos tan cerca. Pero estamos tan cerca.

02

Desde que hablé con J. me punza la más aguda inquietud. ¡Dulcísima punzada! Sucede una o dos veces al año, como un raro fenómeno meteorológico. Son solo relámpagos de ansiedad, pero la ansiedad lo toma todo. Roe los objetos por dentro. Este vaso sobre la mesa, por ejemplo, no es otra cosa que el residuo de lo que ha devorado la ansiedad. Se acerca a los objetos con sigilo y los digiere sin tocarlos. Todo está vaciado de sí. Pierdo contacto. Necesito estar con una mujer. Entrar en otro cuerpo: salir de mi cuerpo.

—¿Usted puede estar en otro cuerpo que no sea el suyo? ¿Cómo es eso? —A V. no le gustan las figuras. Un golpe de calor la mataría.
—Mírelo de este modo: cuando uno sueña está, por lo menos, en dos cuerpos al mismo tiempo. No veo por qué darle más importancia a mi cuerpo que a mi cuerpo.
—Continúe.
—Debería viajar. Ítaca o Valle hermoso. ¿Qué le parece? Izar las velas, soltar amarras —o al revés, si lo prefiere—; sentir el aire húmedo en la cara, las voces de la tripulación, el golpe de las olas contra la nave...
—Otra vez el agua.
—Sí, el eterno retorno.
—Bueno... ¿Nos vemos la próxima?
—El eterno retorno.

01

Una vez, mientras Hesíodo apacentaba sus corderos al pie del Helicón, las musas se acercaron hasta él y le dijeron: "Nosotras sabemos decir muchas cosas falsas semejantes a verdades; pero, cuando queremos, también celebramos la verdad".


* * *
 
Una o dos horas antes de levantarme, pensé que lo primero que tenía que hacer después de preparar el mate era escribir lo que había soñado. Durante las primeras horas de la mañana —que para el capricho de algunos es el principio de la tarde—, me entretuve probando la estenopéica, ese caballito de Troya del que solo he conseguido algunas manchas de luz o de oscuridad. Ahora es de noche y, como es habitual cuando se pasa mucho tiempo sin soñar, varios pasajes se han sumergido en la más impenetrable oscuridad; la mayoría de los detalles, tan importantes cuando se sueña, se perdieron. Pero, si en las interrupciones de la lectura se lee más que ante el libro abierto, no veo por qué no habría de ocurrir lo mismo con los sueños.

Me bajé del colectivo frente a una larga reja negra que rodeaba a una pequeña arboleda de eucaliptos. El olor de esos árboles me recordaba vagamente a los oficios fúnebres. El sol era abrasador. Unos chicos pasaron corriendo frente a mí y se tiraron a la pileta. Vi al grupo compacto de chicos en el aire, antes de caer al agua, con pies y manos múltiples. Lamenté no haber traído la cámara conmigo —afortunadamente, lo que sucede con la lectura, sucede con los sueños, sucede con la fotografía: cuando se está sin la cámara se fotografía más—. Alrededor de las piletas había vestuarios. Demasiados vestuarios. Ninguno de ellos tenía señalizaciones. Algunos no se distinguían mucho de las oficinas de la administración ni del resto de las dependencias del balneario. De manera que todos andábamos medio perdidos, entrando y saliendo de un lado a otro, como en los dibujos de Escher. Mujeres lúbricas junto a niños y ancianos, hombres bronceados con anteojos oscuros y toallas blancas al hombro, niñas con gorros de goma y antiparras, sirenas con auriculares, señoras con mallas que les daban aspecto de tortuga, señores con el diario bajo el brazo y una canasta floreada de la mano. En algunos sectores, el tránsito era frenético. Curiosamente, adentro de los vestuarios no había casi nadie. En uno de ellos encontré a S., muy pálida; en otro, a P., que se sentía muy alegre mientras no intentara acercarme a ella; en uno más, a J., que con el tiempo aprendió que los gritos son una de las formas del silencio; a L. me pareció verla de perfil, etérea como las ninfas de los arrabales; sentí la mano de D. sobre mi espalda cuando me senté a descansar un momento; la última persona que creo haber reconocido era V., que me decía: "Vestuarios otra vez". Conversamos un rato, quizá más de lo habitual. "Otra vez agua", dije yo. De pronto me di cuenta de que no tenía malla, como los demás. Llevaba pantalones largos y una camisa
azul. Crucé una zona de duchas al aire libre, un paso estrecho que la gente tiene que cruzar obligatoriamente para acceder a las piletas. Caminé de perfil, en puntas de pie, pero nada de eso sirvió para no mojarme. De hecho, me empapé por completo. El peso de la ropa mojada me hacía caminar como una foca. Cuando caí al agua no sentí la humedad, sino solo la sensación de inmersión, tan parecida a la de entrar en un sueño profundo, a la de estar absorbido por una novela, a la de tomar una fotografía.