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Abro el cajón, otra vez. Tomo una notita y la sujeto con dos dedos a cierta distancia de mi cara. La observo un rato, intento leerla, hacerla legible. Necesito presionar de algún modo la superficie del texto para extraer algo de ese pedazo de papel. Puedo hacerlo, pero lo que obtengo son imágenes muy disminuidas, atenuadas. Es decepcionante. Esas imágenes parecen haber perdido su densidad y están cubiertas de polvo. Además, no creo que sea posible tomar una de esas imágenes, al menos no como quien toma una aceituna de un frasco, porque no existen de manera aislada. Aun cuando lograra tomar una de ellas en particular, lo único que conseguiría es soplar el polvo que la cubre, para descubrir una pluralidad de imágenes, un golpe de luz. Sería una obturación sin obturador. Lo que tengo, entonces, se parece a este montón de anotaciones que acumulé en un cajón. No puedo tomar una por una, soplar el polvo, ver qué hay ahí, porque no vería nadaSi, por el contrario, guardo distancia y trato de captar esa totalidad, la situación sería la misma. ¿Por qué? Decir: “Porque cada partícula de polvo es a cada imagen lo que cada imagen es a esa totalidad” no significa nada, es una de esas frases que uno tiene que tachar de inmediato. Nada se obtendría con tomar una imagen, con soplar el polvo. Sólo puedo captar lo fragmentario: la imagen que me interesa no está más allá del polvo que la cubre, sino más acá. No se trata de una imagen aislada (no existe tal cosa), sino de la totalidad de la que forma parte. La imagen es esa totalidad cubierta de polvo.  
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Parece mentira, pero pasábamos mucho tiempo hablando. Hablábamos muchísimo. Aunque la casa estaba casi deshabitada, siempre buscábamos los lugares más alejados de la puerta de calle y la cocina. El estudio, que antes había sido el cuarto de mi hermana y luego el taller de costura de mi madre, era el sitio que preferíamos por las tardes. Allí, el silencio sólo se interrumpía por el rumor de las cañerías y las voces de mis vecinas, que discutían animadamente el último partido de hockey que se había jugado en el club Comunicaciones, o se perdían en elucubraciones que podían empezar con una cacerola y terminar en un golpe de estado. Si hacía buen tiempo, íbamos al patio ―yo había arreglado el cantero: cambié la tierra donde hacía falta, saqué los mechones de pasto amarillento que deslucían todo un borde, enderecé el jazmín con un tutor, podé el cedrón, corté las hojas más bajas de la palmera que tanto nos desagradaba (último testimonio de la vida exótica que habitó la casa), cubrí con un pasto fino y tupido una porción de tierra en la que caía a plomo el sol del medio día, planté un rosal que tenía unas flores azuladas muy pequeñas, luché contra caracoles y hormigas con una obstinación de la que solo son capaces los seres humanos y los animales en celo―. Después de cenar (rito que nosotros habíamos simplificado bastante: cualquier cosa que comiéramos entre las ocho de la noche y las seis de la mañana era una cena), la tendencia natural a buscar los lugares oscuros nos conducía al cuarto. Se conversaba mejor así, a oscuras. Cuando hablábamos con otras personas a plena luz del día, lo hacíamos con una voz que no era la nuestra. Nadie sospechaba, sin embargo. Por ejemplo, nunca tuvimos problemas para conseguir un paquete de yerba, ni para escribir un examen (que es una de las formas escritas que suele asumir esa voz). Así, nuestra vida transcurría en dos planos: por un lado, contábamos con la aprobación de nuestros profesores y de la chica que nos vendía la yerba en el supermercado chino; por el otro, teníamos un diálogo en la oscuridad. Lo primero era una contribución a la paz social; lo segundo era inhumano. Como nuestra relación se fue afianzando noche a noche, comenzamos a utilizar nuestra verdadera voz en circunstancias ordinarias (una clase de latín, por ejemplo). De manera que, cuanto más se afianzaba nuestra relación, más escaseaba la yerba.